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Friday, April 27, 2018                   
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Matza Shmurá en la barraca

(Matza Shmurá es aquella que está elaborada con harina que no tuvo contacto con el agua desde el momento de de la cosecha, y es supervisada para evitar cualquier tipo de fermentación)

Esto sucedió en uno de los campos de concentración para mujeres durante la última guerra mundial. Cuando los alemanes nazistas dominaban casi toda Europa, impusieron decenas de campos de este tipo donde arrastraban a miles de hijas judías, mujeres de Polonia, Lituania, Checoslovaquia, Hungría, Bélgica y otros países. Los Nazis, poniendo de manifiesto una crueldad y perversidad increíbles, asesinaron y mataron a la mayoría de estas mujeres, dejando con vida solo a las más jóvenes y fuertes.

El campo estaba dirigido por mujeres S.S., alemanas perversas que atormentaban a las jóvenes, obligándolas a llevar a cabo los más difíciles y sucios trabajos. Les sacaban todas sus pertenencias, hasta el último objeto, no les daban de comer, mofándose de ellas y rebajándolas en todo momento.

Entre las muchachas que se encontraban en Shlewig, había una joven proveniente de un hogar jasídico que atinó a salvar un Sidur y esconderlo en la barraca. El Sidur se lo entregó el padre antes de que la sacaran a rastra de su casa y, y en una hoja en blanco de la contraportada, le había anotado con letras muy pequeñas las fechas que caerían las festividades judías en los siguientes 2 o 3 años.

“Con este Sidur – le había dicho el padre con los ojos anegados por las lágrimas – cuando te sea posible, reza y ruega al Altísimo. Lo fundamental es que recuerdes cuando es Shabat y Yom Tov”

La devota hija judía obedeció. Entregó todas sus cosas, pero a ese Sidur lo cuidó como sus propios ojos, y cuando iba al trabajo lo dejaba al cuidado de las otras jóvenes.

Ese Sidur era el consuelo de todas. Cada vez que una angustia oprimía su corazón, cada vez que extrañaban su hogar, a los padres de los cuales nada sabía, si vivían o no, la joven tomaba el libro de oraciones y, al elevar su ruego al señor del Mundo, las lágrimas vertidas aliviaban sus penas.

El libro estaba permanentemente en sus pensamientos, pero el calendario se había olvidado por completo. Una vez se quedó todo el día en la barraca y, al dar la vuelta las hojas del Sidur, lo recordó de pronto y exclamó:

“¡Oh, quién sabe si no hemos omitido una fiesta olvidándonos de ella! – y temblando ojeó el calendario - ¡Sí, nos olvidamos de Purim pero no de Pesa! Para Pesaj faltan dos semanas. ¡Aún podemos festejarlo!

Esa misma tarde, cuando las jóvenes regresaron del trabajo, reunió a sus amigas y les dijo:

“Chicas, se acerca Pesaj. Así está indicado en el calendario que mi papá escribió en el Sidur. Vean aquí está, haremos aquí el Seder”

“¿Un Seder?” – Preguntaron asombradas las otras jóvenes.

“Sí, un Seder – respondió la muchacha del Sidur – Un Seder como hicieron los judíos ocultos en España. Nos sentaremos silenciosamente en un rincón, extenderemos una sábana blanca, comeremos un para de papas y diremos la Hagada como está en el Sidur”.

“¡Oh! – exclamó una de las jóvenes – ¡Sí al menos se pudiese tener un trozo de matza, siquiera una medida, como si fuera una señal, un recuerdo!”.

“Y quizás ocurra un milagro…” – dijo la muchacha del Sidur, como si presintiese que eso podría ser posible.

No muy lejos del campo de trabajo de las mujeres, había un campo de prisioneros de guerra franceses. Estos debían de trabajar bajo la custodia de los alemanes, pero eran tratados en forma totalmente distinta, los alimentaban mejor y no los castigaban como a los judíos, por simple pasatiempo. También recibían ropas y paquetes con alimentos de sus casas o de sus organizaciones de ayuda.

Las muchachas no tenían ninguna relación con esos prisioneros, primero porque no eran judíos, y segundo porque a estos los habían prohibido terminantemente hablar siquiera con las judías del campo de concentración.

Pero, en cierta oportunidad, desde el lado de los franceses arrojaron hacia el campo judío una pequeña notita que cayó justamente en las manos de la joven del Sidur. Era una cartita escrita en Idish y decía lo siguiente:

“¡Valiosas hijas del pueblo judío! También yo soy judío. Los alemanes no lo saben, si llegaran a enterarse seguramente yo no viviría mucho tiempo más. Muchos franceses lo saben, pero ellos no me van a delatar. Sé que ustedes son hijas judías y yo las quiero ayudar. Díganme que necesitan, tal vez se los pueda proporcionar. Escríbanlo en un pedazo de papel y cuando salgan al campo para ir al trabajo, déjenlo junto a la piedra grande. ¡Mientras tanto, manténganse fuertes! ¡La hora de la libertad está cercana y ustedes aún deben cumplir vuestra misión, futuras madres judías!”

La carta no estaba firmada pero estaba escrita el Idish, y al comienzo llevaba las dos letras sagradas B¨H, “Bendito Su Nombre”, señal que había sido escrita por un judío creyente.

“¡Quizás hasta se ponga tefilim! – Pensó la joven - ¡Y a lo mejor tiene matzot para Pesaj! En el campo francés todo es posible”

Se decidió a escribir la respuesta con un solo pedido:

“Nosotras queremos una matza y, si no es posible, al menos un poco de harina blanca para hornear una matza para Pesaj”

Dos días después, cuando las jóvenes pasaron frente al campo francés, le arrojaron un pequeño paquetito. Cuán grande fue la alegría al abrirlo y encontrar allí una bolsita de harina. También venía adosada una cartita que decía:

“¡Bienaventuradas ustedes, queridas hijas judías! Estoy orgulloso de vosotras que recordaron que se acerca Pesaj. La harina me la dio un francés no judío, que recibe paquetes de su casa. Cuando él escuchó para qué necesitaba la harina, lloró y me dijo: “Ustedes son un gran pueblo si tienen hijas así” y me dio el paquetito entero. Ténganme en cuenta cuando cumplan el preceptote las matzot, quizás yo no lo pueda hace. Que tengan una feliz fiesta, queridas y santas judías”

Esa misma noche, cuando en la barraca ya todas dormían, se levantaron esas pocas jóvenes y empezaron a hornear las matzot. No les fue fácil, no tenían con qué amasar y tardaron bastante hasta encontrar un par de botellas para estirar la masa y para entonces el horno ya estaba frío. Finalmente sortearon todas las dificultades, cortaron algunas maderas de los catres para calentar el horno y varias muchachas salieron de las barracas para vigilar que no se acercara imprevistamente algunas de las mujeres S.S.

Un par de horas más tarde, estuvo todo concluido, cada una de las jóvenes envolvió su trozo de matza recién horneado en un pañuelo. Cuando la joven del Sidur tomó en sus manos su parte del Matza y dijo:

“¿Saben que, chicas? Esto no es una matza común, esto es una matza Shmurá… Nosotros logramos cuidarla de los ojos de los demoníacos alemanes…”

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