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Versión en Hebreo
El milagro del Mar Rojo

“¡Manda a los hijos de Israel a que marchen!”

“Y dijo el Señor a Moshé: ¿Por qué sigues clamando a Mí? ¡Manda a los hijos de Israel a que Marchen! Más tú, alza tu vara y extiende tu mano sobre el mar, y divídelo para que vayan los hijos de Israel por el medio del mar seco” (Shemot 14:15-16)

Rabí Jaim Ibn. Atar, en su comentario al Pentateuco “Or Hajayim”, planteó la siguiente cuestión en relación con estos dos versículos que transcriben las palabras del Señor a Moshé en el momento de supremo peligro.

“Es difícil comprender: ¿Hacia donde habrían de marchar, teniendo a los egipcios pisándoles los talones y el mar por delante? Si la intención fue que marcharan después que el mar se hubiera dividido, debía haber dicho en primer lugar: “Alza tu vara y extiende tu mano sobre el mar, y divídelo” y luego: ¡Manda a los hijos de Israel a que marchen!”

Comprenderemos el extraño orden de estos versículos después de que hayamos trabado conocimiento con el pueblo que acababa de salir de Egipto, tal como fue descrito por los sabios en base a las Escrituras. Los versículos 9 y 10 del mismo capítulo describen la situación en que se encontraban sumido Israel antes de la división del mar:

“Los egipcios – con todos los caballos y los carros del faraón y sus jinetes y su ejército – los persiguieron, y los alcanzaron acampados junto al mar, cerca de Pí-Hajirot, frente a Baal Tsefón” (Shemot 14:9)

“Y cuando el Faraón se iba acercando, los hijos de Israel alzaron sus ojos y he aquí a Egipto, que venia marchando en pos de ellos y temieron mucho…” (Shemot 14:10)

En los versículos mencionados en último término se habla de los egipcios, primero, en plural (“los persiguieron”, “los alcanzaron”), pero cuando el texto nos describe la realidad, pasa a relatarnos el estado de ánimo de Israel en esos momentos, revela un cambio significante, se habla de los egipcios en singular: “Y he aquí, a Egipto que venia marchando en pos de ellos….”

Rashi cita un Midrash que soluciona, de un modo que le es usual, pintoresca y alegóricamente, el interrogante que plantea tal variación:

“Y he aquí que Egipto venia marchando en pos de ellos”: Vieron al ángel de que venia marchando… ¿Qué significa esto? Hemos aprendido en diversas homilías de nuestros sabios, que cuando dicen “el ángel de un pueblo2 se refiere a la personificación del espíritu de determinada nación. ¿Qué es lo que vieron los seiscientos mil hebreos que acababan de salir de la esclavitud de Egipto? ¿Vieron acaso los seiscientos carros y capitanes sobre todos ellos? Según los entendidos, estos carros eran vehículos guerreros sobre el que viajaban dos soldados, uno manejaba las riendas, mientas que el otro, de pie, guerreaba. En caso de emergencia podía subir un tercero. Así, pretenden explicar la expresión “veshalishim” (que nosotros traducimos “capitanes”). Si esta explicación es exacta, los seiscientos mil hebreos fueron perseguidos por más de ochocientos egipcios. ¿Acaso fue esto lo que vieron los hijos de Israel cuando alzaron sus ojos? No. Pues no está escrito: “Y he aquí a los egipcios que venían marchando en pos de ellos” sino que “Y he aquí a Egipto… ”, él ángel de Egipto, la personificación del imperio egipcio fue lo que vieron los esclavos que acababan de salir a la libertad. La Casa de la esclavitud, Egipto, irguióse frente a ellos en toda su horripilancia. Por eso temieron”.

En la continuación del versículo, nos enteramos de la reacción de estos libertos atemorizados: “Y temieron mucho y clamaron los hijos de Israel al Señor” (Shemot 14:10)

Entonces dijeron a Moshé:

“¿Acaso por no haber sepulturas en Egipto nos trajiste aquí para morir en el desierto? ¿Qué has hecho con nosotros sacándonos de Egipto?” (Shemot 14:11)

Rambam, sorprendido ante esta conducta, la criticó:

“No es comprensible cómo, al mismo tiempo, esta gente que clamaba a D-s por Su ayuda, desprecia la merced con la que los estaba agraciando y dijeron que habría sido mejor que no los hubiera redimido”.

Rambam soluciona este interrogante con la hipótesis que entre los que salieron de Egipto había diversas fracciones:

“Un partido clamaba al Señor, mientras que el otro negaba al profeta y rechazaba el milagro que estaba teniendo lugar, y decían que ojalá no los hubiera redimido”

Un testimonio a su explicación ve Najmánides en el cambio de voz. “Hijos de Israel” por “pueblo”. Los que se dirigen al Señor son los Hijos de Israel, los justos: Moshé en cambio, recibe orden de hablar al pueblo: “No temáis” (Shemot 14,13)

Es decir quienes temen y se quejan (“¿Qué has hecho con nosotros sacándonos de Egipto?”) son el pueblo, no los Hijos de Israel. De la misma manera, leemos en el último versículo: “Israel, pues, vio la obra prodigiosa que el Señor contra los Egipcios, y temió el pueblo al Señor, y creyendo en el Señor” (Shemot 14.31)

Solo después que vieron el milagro con toda claridad, creyó el pueblo en el Señor. Pero, mientras tanto, estamos antes del milagro. Israel ve al “ángel del Egipto” a sus espaldas. Los Hijos de Israel claman, es verdad, al señor, pero el “pueblo”, es todos nervios y temores.

Nuestros maestros divergieron en la apreciación de los redimidos de Egipto. En el Tratado de Sotá 36b, encontramos la siguiente controversia entre Rabí Meir y Rabí Iehuda:

“Dijo Rabí Meir: Cuando los Hijos de Israel estaban junto el mar, discutían las tribus entre sí. Una decía: “Yo descenderé primero al mar” La otra decía: “No. Yo descenderé primero al mar” Mientras estaban allí discutiendo, saltó la tribu de Bimyamín al agua. Por tal motivo mereció hospedar en su predio (la zona del Monte del Templo) a la Shejiná. (Rashi: El Templo fue edificado en el territorio de Benjamín, pues está escrito: “Entre sus hombros El habitará” (Devarim 32:12)

Le contestó Rabí Iehuda: No. Los acontecimientos ocurrieron así: Uno decía. “Yo no entro primero al agua”, y el otro decía. “Tampoco yo entraré primero al agua. Mientras estaban deliberando, saltó Najshón ben Aminadav, y su tribu, Iehuda, tras él, a las olas del mar, por eso mereció Iehuda el gobierno de Israel, según está escrito: “Cuando Israel salió de Egipto… Iehuda vino a ser su santuario”, “Dijóles al Todopoderoso. “Aquel que santificó mi nombre en el mar, que venga y gobierne a Israel”

Rabí Meir, aparentemente, defiende a Israel. Lo ve como amantes del Señor y presto a hacer Su voluntad. Dispuestos a penetrar en el mar con fe íntegra en D-s. Solo Rabí Iehuda pretende conocer su verdadero carácter, al describirlos como hombres que esperan ver su deber cumplido por otros.

Pero, hay quienes suponen que incluso Rabí Meir no creyó en su heroísmo y en su voluntad de saltar al mar sin garantías y sin promesas. De acuerdo a esta opinión, las palabras de Rabí Meir deben interpretarse así: Las tribus decían: ¡Yo salto primero, yo salto primero!”, pero en realidad no eran más que palabras huérfanas de hechos. Sólo verbalmente quiso cada tribu ser la primera, pero no en la práctica.

Más aguda aún es la crítica del Midrash, que describe a los hijos de Israel no en el momento del gran peligro, sino después del gran milagro. Los que hasta hace algunos momentos no veían sino la muerte segura, marchan ahora como hombres libres en medio del mar – seco – fuera del alcance de sus enemigos.

El Midrash los describe así (Shemot Rabá 24):

“Las escrituras dicen (Tehilim 106:7): “Rebeláronse junto al mar, junto al mar Rojo” ¿Por qué está escrito “mar” dos veces? La respuesta es: se rebelaron junto al mar, cuando no querían internarse en las aguas. Allí fue la tribu de Iehuda la que saltó primero al agua, consagrando el nombre de D-s (“Kidush HaShem”)

¿Cómo sabemos que también se revelaron en el mar? Ciando se internaron en el mar, vieron que estaba lleno de barro debido a las aguas que acababan de retirarse. Reubén le decía Simón: “¡En Egipto barro, en el mar barro!” Así es como debe interpretarse en versículo: “Rebeláronse junto al mar, El mar Rojo”.

Vemos entonces que el milagro no cambió a los hombres. Que las rencillas por pequeñeces no cesaron. No desaparecieron el desagradecimiento y el amor a la comodidad. En lugar de ver las mercedes del Creador y Su providencia, que los redime de la esclavitud sobre las “alas del águila” ven sólo la pequeña cantidad de barro que se adhiere a sus zapatos. Este barro fue suficiente para que igualaran la esclavitud con la redención: ¡La oscuridad con la luz!

El milagro no transforma a los hombres. No es suficiente para cambiar sus corazones a fin de que amen y teman al Señor.

Si ésta era su estatura espiritual y su manera de pensar, tanto en la hora del peligro y de la estrechez como en la hora del milagro y de redención, cabe entonces la pregunta: ¿En mérito a qué se dividió el mar? La respuesta es: Por aquellos contados y aislados que llevaban al Señor en su corazón y por su propio riesgo, no se detuvieron a pensar si tendrían éxito o no, y saltaron al mar. En mérito de Najshón ben Aminadav, en mérito de aquellos que no preguntaron ni exigieron nada, que no se quejaron en el momento de necesidad, que no dudaron y que no impusieron la misión sobre los hombros del prójimo, sino que saltaron al mar. En mérito a estos hombres de dividió el mar. Estamos ahora en condiciones de comprender el extraño orden de los versículos que encabezan la lección y saber la respuesta a la pregunta del “Or Hajayim”.

Si hubieran creído en el Señor que los sacó de Egipto y hubieran marchado y saltado a las aguas antes que el mar se dividiera, también hubiesen podido estar seguros que el mar se dividiría. Por lo que dice Rashi: “¡Manda a los hijos de Israel a que marchen! No deben hacer más que marchar, pues el mar no se opondrá”.

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