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Friday, February 23, 2018                   
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Versión en Hebreo
Soy bar/Bat mitzva

¿Qué significa y en que me compromete?

El niño judío se incorpora finalmente a la comunidad de Israel, el día que cumple trece años, es decir el día que alcanza la mayoría de edad religiosa y celebra su Bar – Mitzva.

La niña celebrará su Bat – Mitzva al cumplir doce años completos.
Bar - Mitzva significa hijo de la Mitzva (precepto), y la razón de este nombre se basa en el hecho de que el lazo con las mitzvot (preceptos) es eterno y no podrá desatarse nunca.
Bat – Mitzva, significa hija de la mitzva (precepto)

¿De donde aprendemos la edad del Bar – Mitzva, y la edad de la Bat – Mitzva?
Leemos en el Tratado de Avot 5:21.
“A los cinco años empezar a estudiar la Torá, a los diez la Mishná y a los trece a cumplir los preceptos.
Los doce años para las niñas y los trece para los varones, son considerados “Halaja” (ley) “LE MOSHE MISINAY” (Ley que recibió Moshé, nuestro maestro, al estar en el Monte Sinaí); pero encontramos fuentes e insinuaciones en la Torá.

Shimón y Levy invadieron la ciudad de Shjem, por haber deshonrado a su hermana Dina, la escritura nos dice que: “Tomaron Shimón y Levy hermanos de Dina, cada varón su espada” (Bereshit 34:25) en el texto original está escrito “ish” su significado es hombre. Levy en ese momento, tenía trece años de edad, y es la edad más joven y encontramos que es considerado “Ish” hombre y en todo lugar que la Torá ordena cumplir un precepto utiliza la palabra “ish” (varón), deducimos que el niño deberá comenzar con la observancia de los preceptos a la edad de trece años.

Según la ley fijada por Moshé en Sinay, se adelantó a la niña, un año, porque a los doce años, ya está en pleno desarrollo anímico espiritual y físico.
Al cumplir el niño trece años, y la niña doce, se divisan ya las señales del desarrollo físico, y esa es la edad que los hace ya preparados para cumplir con la normativa judía.

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Carta a un joven cercano a cumplir su Bar Mitzva

Seguro estoy que has hecho ya contacto por medios de tus padres, con el profesor que te prepara para la ceremonia. Sabes que te espera un año de fuerte aprendizaje; la Tefilá, los Tefilín, la lectura de la Torá y el discurso.

Todo esto es emocionante, pero más allá de todo esto seguro, que como adolescente, tienes muchos interrogantes que te confunden. Entre ellos buscas seguramente respuestas a la pregunta ¿Quién soy?, claro que es una pregunta muy general, porque se refiere a todos los componentes de tu personalidad tal como, los factores genéticos, los rasgos de carácter, etc.

Pero seguramente en tu interior tienes curiosidad de saber más sobre ti.

Eres hijo de tus padres, conoces a tus abuelos; puede que tuviste suerte y has sabido de tus bisabuelos, pero ahí no terminan tus raíces, seguro que te preguntas, ¿Qué es lo que me une a todos ellos, aparte de los lazos sanguíneos? Seguro que hay una idea, un pensamiento, una historia, en fin, una identidad compuesta por tradiciones, costumbres y un modo de vida.

Estas por cumplir tus trece años, mayoría de edad, no te has preguntado si ¿te identificas con tu pasado, y lo que te involucra con él?

Te invito a comenzar la travesía en busca de nuestra identidad para que puedas captarla mejor, he aquí la historia de un niño.

¿CÓMO TE LLAMAS?

Siendo muy pequeño, me perdí una vez en una tienda por departamento, en el departamento de pañuelos.
Mi madre me había dicho que me quedara a su lado mientras ella compraba regalos. Era Janucá. Lo recuerdo bien. Afuera llovía. Me aparté de mi madre y fui hacia la gran puerta de entrada. Contemplé las gotas de la lluvia que se deslizaban por los vidrios. Cuando me di vuelta, mi madre se había ido. Y yo me sentí perdido.
Las vendedoras eran muy buenas, pero no conocía a ninguna de ellas. Vino el gerente y él también fue bueno conmigo, pero yo no lo conocía.
Mucha gente se reunió a mí alrededor, pero yo no conocía a nadie. Eran personas grandes muy grandes para mí. Y yo que era muy pequeño, no las conocía. Estaba asustado y me eché a llorar.
Luego el gerente se inclinó, me tomó de la mano y me preguntó: - ¿Cómo te llamas? - Por un segundo seguí llorando.
- ¿Cómo te llamas? – repitió.
- Dan Segal – contesté.
Y cuando le dije mi nombre sucedió algo maravilloso. Dejé de llorar. Ya no tenía ganas de hacerlo. Me sentí extraordinariamente bien porque sabía mi nombre y podía decirlo. Todos sabrían quien era yo. Sobre eso no tendría más que preocuparme. Me sería fácil volver a encontrarme con mi madre. Todo estaba en orden.
Sabía mi nombre, de manera que ya no tenía motivo para tener miedo. Sabía cómo me llamaba y, por lo tanto, ya no perdería. Era alguien... porque conocía mi nombre.
Eso fue lo que sentí aquella tarde en que me perdí en aquella tienda. Y el otro día le ocurrió algo semejante en la escuela a un compañero de clase. Él sabía bien cómo se llamaba: Moshe Samuels. Hasta sabía perfectamente donde vivía. Pero se había perdido, como yo en la tienda. Al principio no pude comprender bien, aunque... bueno les contaré lo que sucedió.

La clase se refería a América, si mal no recuerdo. Y la señorita Statler, nuestra maestra, iba de un lugar a otro del salón formulándoles preguntas a los alumnos. Cada uno de ellos debía decir algo sobre los países de sus respectivos padres, abuelos o bisabuelos, y lo que habían hecho por cimentar la grandeza de nuestra patria. Mi compañero de al lado dijo algunas cosas interesantes de Holanda, otro habló de Irlanda, y así sucesivamente. Era realmente hermoso. Por lo menos, así me pareció hasta que la maestra llamó a Moshe Samuels, que, ante la sorpresa de ella, no se levantó.
La maestra lo observó un instante y le dijo:
- Bueno, Moshe, no nos digas que no tienes nada interesante que contarnos. Eres judío, ¿no?
Fijé la vista en Moshe y vi enseguida que se sentía del mismo modo como me había sentido yo aquel día en la tienda. Su cara lo delataba. Había enrojecido y sus ojos estaban húmedos. Miraba asustado en una y otra dirección como si buscara desesperadamente una tabla de salvación. Igual que yo en aquella oportunidad en que me había sentido abandonado por faltarme la presencia de mi madre. Pero me costaba comprender el motivo del atolondramiento de mi compañero. En verdad no tuve mucho tiempo de pensarlo, ya que, en su corrida, la señorita Statler me llamó a mí.
Me levanté pues y dije algunas cosas. Creo que empecé explicando que la palabra judío proviene de Judá, y que él fue uno de los hijos de Jacob, y dije lo que representa ese nombre en toda la historia judía. Los chicos me prestaban atención, y la señorita Statler de vez en cuando inclinaba la cabeza afirmativamente, lo que me estimuló para decir unas cosas más que me habían enseñado en la sinagoga: cómo el pueblo judío se había liberado de los ídolos, de los egipcios, de los griegos y de todos los demás que los sojuzgaron u hostilizaron, y cómo había observado los diez mandamientos y las festividades sagradas. Creo que agregué algo sobre grandes patriotas que fueron o son judíos.
Probablemente haya hablado mucho, pero mucho era lo que había aprendido en la sinagoga. Y cuando volví a sentarme, sentí una sensación extraña, muy parecida a la que había sentido al recordar mi nombre en la tienda y pronunciarlo en voz alta y clara. Una mezcla de tranquilidad y confianza

Ahora me pregunto si una persona puede perderse sabiendo su nombre y su domicilio perfectamente bien. Me pregunto si una persona tiene, para identificarse, algo más que un nombre. Me pregunto si no hay otra clase de nombre, un nombre interior que surge de saber algo sobre nosotros y el pueblo a que pertenecemos, de saber quienes somos y de donde venimos, de saber que es lo que tenemos de bueno para sentirnos tan buenos como nuestros vecinos y comprender que ellos son tan buenos como nosotros. Mi nombre interior es judío y creo que soy afortunado de saberlo.

Es la clase de nombre que Moshe Samuels no sabe, porque nunca va a la sinagoga. Y creo que a sus padres no pensaron si él se siente perdido y su rostro se pone rojo y sus ojos se humedecen como si fuera a llorar. Valdría más que ellos se dieran cuenta de eso, de lo bien que uno se siente cuando sabe cómo se llama y lo que puede decir uno en voz alta y clara.
Cuando uno sabe como se llama no puede tener miedo, no puede perderse. Quien sabe su nombre es alguien.

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Bar-Mitzva
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