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Tuesday, April 24, 2018                   
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Versión en Hebreo
Enseñan los sabios del Talmud:

Más valen dos que uno, eso es, el hombre unido a la mujer (Iebamot 29).
Quien ama a su mujer como así mismo, y la honra más así mismo, a él la escritura promete: “Paz y tranquilidad en su casa” (Idem 62)
“Una mujer buena es un don para su esposo” (Idem 63)
“La Bendición de D-s se encuentra solo donde hay una feliz comunión entre marido y mujer” (Zohar 1:55)
El Matrimonio exige de los dos socios, salir de sus propios “intereses” y crecer cada uno en forma personal.
Antes del matrimonio, tanto el novio como la novia, estaban centrados en alcanzar sus logros, y realizar sus propias aspiraciones.

En la vida matrimonial, por el contrario, tiene cada una de las partes un sinfín de posibilidades, para conocer las necesidades del otro, para así cambiar de hábitos o adaptarlos, para convertirse juntos en una sola unidad; como cita el versículo. “Por eso, el hombre deberá dejar a su padre y a su madre, para unirse con su mujer y serán una sola carne” (Bereshit 2:24).

Según nuestra Torá, no basta que la pareja se mantengan juntos, sino que tiene que florecer y crecer todo el Tiempo.

¿Pero como es que llegaron a unirse?
Sabemos que el “Match” tiene origen divino.

Leamos en el Tratado de Sota:
Cuarenta días antes de la concepción se decreta en el Cielo, la hija de fulano, es para el hijo de aquella persona.
No existe suerte ni coincidencia en la formación de la pareja, ni encuentros casuales lo harán, D-s lo planea todo de antemano.

Un ejemplo. He aquí una historia real en la cual involucró a un gran sabio de la Torá, Rashash, Rab Shmuel Shtershun, que manejaba un fondo de préstamo sin costo para los pobres.
Un día, un sastre llamado Rab Zalman vino a pedir prestado dinero. El Rashash le otorgó un préstamo de trescientos rublos que deberá devolver en un año y registró la transacción en le libro de préstamo.

Un año más tarde, según había convenido, Rab Zalman fue a la casa de Rashash para devolver el dinero. Al ver que el Gran Rabino estaba profundamente inmerso en el estudio de la Torá, no quiso molestarle. Entró en la habitación en silencio, se disculpó por la interrupción, colocó los trescientos rublos sobre el escritorio del Rab y se marchó.
Rab Shmuel metió el dinero en el tomo que estaba estudiando y siguió leyendo. Para cuando terminó, se había olvidado por completo del dinero y devolvió el tomo de la Torá que había estado estudiando, con el dinero adentro, a su estante.
Una semana después, Rab Shmuel revisó su libro de préstamos y vio que el préstamo al Rab de Zalman todavía estaba impago. Mando a llamar al Rab Zalman quien afirmó que había devuelto el préstamo justo el día convenido. Pero no había testigos y el Rab Shmuel no recordaba en absoluto el asunto.

Acordaron ir a la corte Rabiníca para una solución. Dado que se establecía que era la palabra de un hombre contra la del otro, Rab Zalman tendría que jurar que había pagado el préstamo y entonces sería absuelto de la deuda. El Rashash, sin embargo estaba preocupado por la posibilidad de inducir a otro judío a jurar en falso, por lo que retiró el cargo. El caso se cerró.

Mientras tanto corrieron las noticias de que un simple sastre tuvo el coraje de poner en tela de juicio la palabra del Santo erudito, ¡Rab Shmuel! La gente dejó de hacer negocios con el sastre. Se burlaban y lo degradaban y finalmente tuvo que llevarse a su familia y abandonar la ciudad, arruinado. Pasó un año y Rashash se encontraba nuevamente estudiando el mismo tomo. Imaginen la sorpresa cuando lo abrió y encontró una gran suma de dinero. ¡Solo tardó un minuto en darse de cuenta que éste era el dinero que el sastre afirmaba haber devuelto!

Inmediatamente el Rashash buscó al Rab Zalman. Encontró al sastre viviendo en condiciones deplorables en una zona despoblada.
El Rashash le suplicó que lo perdonara. Se ofreció a ir a todas las sinagogas para anunciar que había cometido un error terrible y que el sastre era digno del mayor respeto.

Sin embargo Rab Zalman dijo que era demasiado tarde. La gente no creía en su inocencia. Sólo dirían que el Rashash lo estaba haciendo por compasión, puesto que era una persona virtuosa.

El Rashash sabía que el Rab Zalman tenía razón. Se había cometido una gran injusticia. Ahora debía pensar la manera de rectificar la situación. El Rab Shmuel pensó intensamente unos minutos y finalmente habló “Si hacemos que su hija y mi hijo formen pareja”, el Rashash sonrió, “Seríamos parientes y nadie dudaría de su honestidad y respetabilidad”

Rab Zalman estuvo de acuerdo y arreglaron para que sus hijos se conocieran. El hijo del sastre y la hija de Rashash se entendieron y pronto se llevó a cabo la boda.

Estaba decretado en el cielo que los dos se casarían pero (al igual que nuestros propios matrimonios) una larga serie de acontecimientos tenía que suceder, antes de que esta unión, poco probable, entre el hijo de un simple sastre y la hija de un renombrado sabio pudiera concretarse.

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